La cárcel del consumismo

Sin desperdicio. Un post excelente!

Llave de Cristal


El año 2009 compré un nuevo computador personal, un HP Pavillion muy bacán que prometía harto y me costó bastante caro, pero en ese momento necesitaba algo bueno y duradero así que accedí a comprarlo a pesar de su precio. El tema es que al tercer año de uso, el compu comenzó a comportarse de muy mala manera: se quedaba pegado, se llenaba de virus constantemente, se apagaba de la nada, se demoraba en encender y apagar, entre otras. Así que lo llevé a un servicio técnico confiable (conocía a los técnicos por muchos años) y me dijeron que podía darle algo más de uso, pero no tendría mucho sentido porque esos computadores están programados para funcionar tres años y a lo mucho cuatro. Para mí la noticia fue terrible porque esa inversión fue hecha pensando en que me durara al menos cinco años –una vez que hubiera terminado mi…

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Llorar, antes de sentir


Sábado 11 de Julio, 2015:

Primero fue la lágrima…

Cerré el libro y miré por la ventana. La lágrima siguió cayendo. No quise frenarla, quise entenderla.

Si bien tengo algunas (muchas) lecturas pendientes, como por ejemplo “La Falsa Pista” de Henning Mankell o “Crónica de una resurrección” de Lucrecia Mirad, me reencontré con un libro especial. Fue el lunes, cuando acomodaba la biblioteca. Escuché una vocecita que me decía al oído “… la temperatura a la que el papel de los libros se inflama y arde”. Ahora estoy seguro de que eso no fue lo que en verdad escuché. Así como también estoy seguro de que hay partes de esta letra torcida por los baches que no voy a entender cuando quiera pasar esto a la PC. En realidad debo haber escuchado algo como “leeme”, y mis oídos, enamorados de la letra de Bradbury, me llevaron a esa página.

fahrenheit 451

Primero fue la lágrima, ya lo escribí más arriba. Cerré el libro en la página 19. Lo cerré para entender: ¿Por qué fue la lágrima en primer lugar?

Devoré las primeras páginas de Fahrenheit 451 como si no hubiera comido por meses. Con mucho hambre y la inocencia de quien no ha leído esta obra, aun habiéndola leído incontables veces. El lunes lo encontré. Hoy lo abrí. En el colectivo, la línea 143. Iba apurado y descontrolado. Quizás para que no le descuenten el sueldo por haberse retrasado en algún tramo. No importa. Me devoré las primeras páginas como si estuviera necesitando ese futuro literario pero tan cercano a esta realidad. Cerré el libro en la página 19.

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Primero fue la lágrima. Y después sentí. Sentí tristeza. Un vacío enorme, lástima. Pero lástima por mí, que me dejo llevar por la velocidad a la que se mueve el mundo. ¿Un manchón verde? Pasto. ¿Un manchón blanco? Casas. Salió la lágrima, aun sin sentimiento. Rápida, como apurando un proceso de tristeza que niego. No tengo tiempo para estar triste. No hay tiempo. No tenemos tiempo, nunca. No sé responder con claridad cuando me preguntan ¿por qué no tenés tiempo?. No lo tengo, punto. Es como la religión de mi barrio, uno hace lo que Dios dice que hay que hacer y punto.

Primero fue la lágrima. Si no miraba hacia afuera por la ventana quizás no habría sentido tristeza, y la lágrima, ahora, formaría parte de una molestia ocular o algo por el estilo. Formaría parte del olvido inmediato. No existiría siquiera este escrito, ni los boletos en los que lo estoy escribiendo.

Primero fue la lágrima, después la tristeza.

Constructores (4) – ¡Pobre de mí!

¡Ay! ¡Pobre de mí!
Que no quise ser esta letra
Nacida en un cubo de hormigón
Con hendijas a un cielo
Tapado por un paredón.

¡Ay! ¡Pobre de mí!
Que releyendo mi epitafio
Me encontré perdido
En la oscuridad de la Tierra
Que jamás conocí.

Que me obligaron a comprar sueños
Y que como un conejo los perseguí
Sin saber tal vez
Que escapaba de los galgos
De dientes afilados, y gordos de hambre.

Que perdí las alas
Antes de saber que las tenía.
Y los Amarillos, no negros ni verdes,
Amarillos patito, de esos que te pudren
de esos que te matan sin matarte
Esos Amarillos, que me las quitaron,
Me las venden, pero como si fueran un sueño
Que me convierte en conejo.

¡Ay! ¡Pobre de mi!
Que aún esquivando esa letra basura
Adosada a páginas numeradas
Me embarré con historias
De personas tristes que triunfaban.

Que cuando por fin pude comprar mis alas
Ya no me calzaban,
Y los cohetes que me llevaban
Dejaron de pasar.

Que quise volar, pero construí
Con las alas pequeñas un barquito
Que al tocar el río
Solo se fue, sin saludar.

¡Ay! ¡Pobre de mí!
Que prometiendo a mi vida un final
Encontré una letra
Roja, pesada, latente, pero muda.
Muda de tierra
Pero llena de polvo.

Poetry/Poesía Oral: YO SOY YO

Soy la memoria de los que ya no están
el sonido del timbre antes del exceso de celular.
Soy el agua que separa nuestros cuerpos.
El espejo débil resquebrajado por el que dirán.
Soy la ausencia de FE, los milagros de una estatua.
Soy… una acumulación de esperas interminables.
Una contradicción (como lo es todo en este show)
Soy… algo que no puedo controlar… Yo…
Yo… Soy yo.

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Elena Memba

En el final surgió el principio

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