Marchamos, con orgullo

Marchamos

Los pies son pies, y columnas vertebricales. Sostienen a un primer piso, a un segundo piso, dos baños y tres habitaciones, a una familia de cinco, a una abuela con perritos, a un noveno piso, a padres primerizos, a ascensores que friccionan las cuerdas de la pasión y a las escaleras que se caminan cuando hay corte de luz, sujetándonos de las paredes que jamás habíamos tocado. Los pies sostienen, y marchan. Movilizan la torre que somos; diferentes arquitecturas separadas por etiquetas, pequeños edificios. Jaulitas diseñadas por alguien que estuvo antes midiendo el terreno, o por nadie.
Somos edificitos. Muchos edificiotes suelen ser iguales a otros y estos iguales a otros y etcétera. Varios de los que nos habitan coinciden con que deberíamos parecernos a esos muchos otros edificiotes pintados de cemento. Grises.
NO.
Marchamos para que no nos pinten de gris.

Marchamos

A los Grises no les gusta. A los Grises los constipa saber que marchamos. Por eso arrojan los cadáveres de sus antepasados acromáticos en medio de nuestro camino.
Igual marchamos. De ser necesario tomamos el desvío, aunque el desvío nos aleje de todo. Los edificios no se crearon para marchar, entonces hay que detenerse, dicen.
Detenerse es retroceder. Nuestros pies marchan; ardemos como antorchas caminantes, nos encendemos, incendiamos prejuicios. Ardemos. El fuego no quema. El humo es multicolor, un grito colectivo.
Pies. Mis pies, tus pies, nuestros pies sostienen los balcones que se agrietan por la presión de los Grises que se cuelgan para derribarnos. Marchamos, ardemos. El dolor acumulado en nuestros cimientos combustiona en pequeñas esperanzas.
Detenerse es callar.
Callar es volver atrás.
Gris medioevo. Un vacío arrastra a los grises que cargan con mandatos que no se animan a desafiar. Pobres… Repetidores del odio, al lado del camino con extinguidores listos para ser usados, intentando persuadirnos para que gritemos “¡Auxilio!”, el grito de la fantasía Gris, y vengan corriendo a extinguirnos, a apagar el fuego que nos moviliza. Nos repiten en voz baja, casi como si fueran nuestra conciencia: “es peligroso arder, te podés quemar”.

Ardemos

Detenerse no es una opción. Callarse es creer que el Diablo existe.
Los edificiotes quieren callarnos. Tapar con gris nuestro multicolor. Una ciudad impoluta, correcta; una ciudad donde Dios pueda vivir, Dios y los políticos y los que son Gris. Donde la única marcha que exista sea un himno vejestorio que refleje los ideales que ninguno de los Grises respeta.

Marchamos

Detenerse es olvidar la mano de Papá cuando me acompañó a la primera marcha con las ventanas en llanto y el portero eléctrico atestado con burlas de sus amigos riéndose de la “desgracia” de tener un hijo que marcha. Detenerse es olvidar el anochecer en los labios de las mujeres que se amaron aun después de ser cenizas; Es olvidar el derrumbe de una madre al enfrentarse a un nuevo mundo que intentó ocultar durante años; Es olvidar a aquellos hombres y mujeres que tuvieron que esconderse para conservar un trabajo; Es olvidar todas las pequeñas y grandes luchas que se fueron ganando y perdiendo. Detenerse es darle poder a los Grises. Es ocultar el amanecer que reflejan los hermanos que abrazan las diferencias. Detenerse es perder la memoria.

Marchamos

Somos un latido común en los pies que marchan, en las lágrimas volcánicas, en todas nuestras vigas; Un solo latido que dice:

¡Marchamos!

Para que las personas que nos habiten nos amen así, con nuestra arquitectura multicolor. Marchamos. Por los que se sacrificaron. Nos sacrificamos. Para que mañana podamos seguir marchando, para no detener nuestro grito:

¡Libertad! ¡Libertad! ¡Libertad!

Imagen capturada por Prisma Cooperativa de Fotografes en la Marcha del Orgullo Gay en Rosario (07/10/2017)

 

 

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Escritor y Director de Cine argentino (nacido en Buenos Aires, Lanús) Copyright © 2006-2018 Contacto: adrian@corsofilms.com

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