ASPIRINAS

Primero fueron los ojos, que cayeron por la pendiente y quedaron allá, al lado del cartel que titila y destella luz verde. Después cayeron las manos, un poco más lento que los ojos porque los dedos, muy a su pesar, no se quedaban quietos. Los brazos fueron en tercer lugar, enojados con las manos porque sin ellas no podían defenderse de los golpes. Los hombros fueron más inteligentes y se quedaron con el torso. La cabeza fue la siguiente que bajó. Rápido, con furia, sin escalas, sin ver el camino. Hizo algunas paradas, sí, lo natural cuando hay una nariz que cargar, pero el viento la hizo seguir rodando hasta que quedó junto a los ojos. Los ojos que ya habían visto que la luz verde no titilaba más. Para cuando el torso llegó, la farmacia ya estaba cerrada.

Autor del relato: Matt Lo Cascio
Photo by Matteo Badini on Unsplash

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