NAVIDAD (cuento corto)

NAVIDAD

La casa está vacía. Las campanadas de medianoche resuenan huérfanas en cada habitación. El Gordo se asegura de que nadie lo vea entrar. Cuelga el gorro en la punta del árbol, se afloja el cinto y deja la pistola en el suelo junto al pesebre. Recorre la casa en busca de algo de valor. Nada parece agradarle hasta que encuentra el viejo reloj de madera maciza con incrustaciones en oro. El Gordo queda hipnotizado, jamás en su vida había visto oro real. Intenta moverlo pero el reloj es increíblemente pesado. No puede hacer más que quedarse estático frente al imponente tesoro pensando en la manera de llevárselo de allí sin pedir ayuda.

Mientras permanece la hipnosis, una pequeña puerta en el reloj se abre y aparece un niño. Sin que el Gordo se dé cuenta gatea hasta el árbol y toma con sus pequeñas manos al Jesús del pesebre. Lo apoya contra su pecho como si fuera lo más importante del mundo. Cuando voltea para regresar, encuentra el arma. Sus ojitos le brillan como la última vez que vio a su padre. El niño suelta a Jesús, se guarda el arma y vuelve con sigilo al reloj.

Una legión de uniformes marchando sobre las frías calles, y gritos, interrumpen al Gordo. “Es hora de volver con la tropa”, piensa, quizás si se demora un rato más sus compañeros sospechen que oculta algo. Recoge el gorro y el cinto, se mira en el espejo, esconde la panza buscando su mejor perfil y cuando va a buscar la pistola… Un frío gélido le congela la espina. El arma no está. En su lugar, casi al borde del llanto, está el Jesús del pesebre.

La casa no está vacía. La habitación le da vueltas. Siente que no hay por dónde escapar. El Gordo se marea. Se sujeta de las paredes para no caer desmayado al suelo. Intenta llamar a sus compañeros pero recuerda el reloj y se arrepiente; quiere el tesoro para él solo. El Gordo camina a los tumbos por toda la casa. Se esconde dentro de un armario. Cree que allí está a salvo. Jadea como un perro sediento. Su respiración sacudida resuena en toda la habitación. Un ruido, dentro de la casa, lo asusta aun más. Escucha unos pasos. Las rodillas le tiemblan. Claaaaaac. El péndulo del reloj se mueve como si le avisara que llegó su hora. Claaaaaac. Ya no le importa el reloj. Intenta gritarle a sus compañeros. Claaaaaac. La voz le queda atravesada en la garganta. Los pasos se acercan. Claaaaaac. Jamás disparó su arma, jamás luchó cuerpo a cuerpo por su vida. “¡Cobarde!”. Claaaaaac. “¡Cobarde!” se susurra mientras se abofetea. Claaaaaac. El péndulo invade sus tímpanos. El Gordo busca algo con que defenderse. Claaaaaac. Los pasos se alejan. Claaaaaac. Encuentra un bollito de papel; es una carta. Claaaaac. Se apoya contra la pared del armario. Respira hondo. Claaaac. Lee la carta. Claaac. Una lágrima atraviesa el desierto de su rostro. Claac. Al Gordo también le hubiese gustado que le regalaran un juguete para Navidad. Clac.


Autor: Matt Lo Cascio
Fotografía extraída de: http://kempercountymessenger.com

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OJODEPEZNADA

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OJODEPEZNADA

El Colectivero observó el espejo más grande, el del medio, donde apenas podía verse su frente de pocos pelos, de estrés, de toda una vida al servicio del trabajo, y tras su frente el otro espejo reflejado en este, y entre espejo y espejo, nada. Una nada infinita de reflejos que se repetían y se alejaban cada vez más. Nada. Entre espejo y espejo su frente, y atrás, nada.

Primera vuelta: cuando llegó a la inmensa, gigante, horrenda, monstruosa parada de Córdoba y Callao, se asustó: no había pasajeros, ni un suspiro de pasajeros. Al principio fue feliz, tantos reflejos y ninguno de esos rostros que tanto odiaba. No fue sino hasta la segunda vuelta que esa felicidad desapareció, cuando confirmó que en ninguna de las paradas había pasajeros.

Tercera vuelta: una punción en el medio del pecho lo entristeció e hizo que extrañara a esos hinchapelotas que molestaban con preguntas tontas, y también a los que escuchaban música sin auriculares y a las ancianas con olor a naftalina y al que quería viajar sin pagar boleto. Extrañaba esas manitos levantadas en la parada; necesitaba de ese pasajero que lo obligara a detenerse.

Intentó desviarse para buscar pasajeros de otras líneas, pero los colectiveros tienen prohibido salirse del recorrido. Deseó que hubiera un piquete, un corte de calle, una protesta, algo que lo hiciera salirse del camino y probar suerte en territorio ajeno al suyo. Pero nada de lo que deseó sucedió, y de haber sucedido hubiera sido en vano; los demás colectivos también buscaban pasajeros.

Nada.

Apenas algunos caminantes, uno en particular, paseando. El Colectivero no dudó un instante y acercó el colectivo al caminante. Abrió la puerta a mitad de cuadra y cuando estuvo a tiro se insinuó con un “subí que te llevo”. Pero el caminante no lo escuchó, o no quiso escucharlo, y siguió paseando ignorándolo por completo. El Colectivero insistió: “Daaaaaaale subí” Pero el Caminante se alejó del colectivo, quizás para escapar, o quizás porque tenía que doblar en esa esquina donde el colectivo no podía doblar. El Colectivero gruñó un insulto y cerró la puerta con furia. El estruendo del brazo neumático resonó en cada uno de los asientos. El eco le devolvió una nada de cuerpos y confirmó que detrás de su frente de pocos pelos, había nada.

En una de las paradas alcanzó a ver a un vendedor ambulante. El vendedor estaba despatarrado en el banquito. El Colectivero se acercó lento y sensual. Abrió la puerta sin detenerse y sonrió, o al menos intentó hacerlo. El Vendedor cayó al suelo del susto que le provocó la sonrisa. El Colectivero lo invitó a viajar: “podés subir, no hay problema”. “¿Para qué?”, respondió el Vendedor intentando recuperarse de la caída. “¿Para qué si no hay nadie?”, y volvió a despatarrarse en el banquito como si nada. El Colectivero llenó de humo la parada y se marchó a toda velocidad.

Tramo final de la tercera vuelta: ocurrió EL milagro. Un pasajero con remera blanca, 100% poliéster, esperaba en la siguiente parada. El Colectivero se miró en el espejo y se limpió la pelada con la manga de la camisa para estar reluciente. Los nervios le paralizaron la lengua. Repitió las vocales una y otra vez para no trabarse al saludar. Pero a medida que se acercaba se fue dando cuenta de que el pasajero no lo esperaba a él. Tenía las manos en la cintura, sin intenciones de querer frenarlo. Entonces bajó la velocidad. Transpiraba como si fuera una primera cita. El pasajero seguía sin intenciones de frenarlo. El Colectivero hizo seña de luces y tocó la bocina al ritmo de un candombe para llamarle la atención, pero nada.

Nada.

Necesitaba ese rostro entre los espejos, pero el pasajero parecía ignorarlo adrede. Tenía que convencerlo de que subiera al colectivo y eso lo obligaba a mostrarle su mejor sonrisa. Ensayó algunas frente a los espejos, pero recordó el susto del vendedor ambulante y decidió no forzarse a sonreír. Descargó una sonrisa blanca en el teléfono y apoyó el aparato contra su boca, creando así un nuevo rostro, uno convincente.

El Colectivero frenó sin que el pasajero levantara la mano. “Hola, ¿para dónde vas?”, le dijo amable, sosteniendo con fuerza la sonrisa, intentando disimular el hecho de que sus labios no se movieran, “mirá que yo agarro acá derecho hasta Nansen, de ahí hasta Juramento y después le doy derechito-derechito hasta Sarmiento. ¿Subís?” El Colectivero le acercó la sonrisa falsa al pasajero para terminar de convencerlo. El pasajero subió. Se sentó en el asiento reservado para discapacitados y guardó silencio. Ninguno decía nada. El pasajero quería hablar, pero se mordía los labios para no hacerlo. Tanto se mordió que le nació un labio nuevo y se le escapó un murmullo. El Colectivero volteó para charlar, pero el pasajero, indiferente, esquivó la mirada y puso atención a los espejos.

Cinco, diez, quince cuadras; el pasajero quería hablar pero parecía estar más interesado en los reflejos. Veinte, veinticinco cuadras; ¿desde cuándo los pasajeros miran tanto los espejos? Cada vez que el Colectivero intentaba hablarle, el pasajero se perdía en el ojo de pez. Treinta, treinta y cinco cuadras. Nada. Lo mismo. Un ejército de hormigas atacó el cuello del Colectivero. Cuarenta cuadras. El pasajero estaba perdido entre los ojos de pez. La picazón en el cuello se hizo insoportable. El Colectivero estalló en un grito: “¡Bajate ya!”. El pasajero se asustó. “¡¡Bajate!!” Confundido, intentó defenderse pero poco pudo hacer contra la embestida del Colectivero. “¡Que te bajes! ¿O querés que te baje yo?” Terco, enojado, con pies de hierro detuvo el colectivo y arrojó al pasajero por la puerta como si fuera un dibujo animado. El pasajero pidió disculpas desde la vereda. El Colectivero respondió con soberbia: “no es cosa de pasajero andar mirando por los espejos“.

Nada.

Ojo de pez, nada. Ojo de pez, nada. Pez de ojo, nada. Espejo de pez, espejos…

El Colectivero trabó el acelerador con un taco y cambió los espejos de lugar. Al de ojo de pez que estaba atrás lo puso frente a los primeros asientos, cerca de la puerta. Ahora los espejos no se reflejaban y la nada era apenas más pequeña. Volvió a su asiento y cuando quiso sacar el taco se dio cuenta de que podía llevar el colectivo sin usar su pie, a una velocidad lenta. Arrimó el colectivo a la vereda y abrió la puerta. Necesitaba acercarse lo suficiente como para que diera la sensación de que cualquier caminante, reflejado en el ojo de pez, estuviera dentro del colectivo. Pero los caminantes se reflejaban lejos y la nada se hacía más infinita. La idea no resultó como pensaba, sin embargo siguió intentando. Pensó por un instante bajarse y caminar junto al colectivo simulando ser un pasajero. Sí, un colectivero caminando al lado del colectivo, faltaba nomás que tuviera una correíta para pasear a la bestia de metal. La idea no lo convenció y siguió buscando caminantes, pero nadie se acercaba al colectivo para reflejarse dentro. Todos se reflejaban lejanos y la nada volvía a aparecer.

Nada.

Ojo de pez, nada.

El semáforo de Juramento y Avellaneda se puso en rojo antes de que pudiera cruzar. Se enojó con el taco por hacer todo más lento, pero el enojo desapareció rápido, cuando se dio cuenta de que ningún semáforo lo había frenado hasta el momento. Quiso quitar el taco para frenar, pero el taco se resistía. Lo pateó, lo amenazó y hasta le tiró un chorrito de agua. Nada. Nada de nada. El taco estaba cómodo. El Colectivero hervía de furia y le gritó que era un inútil, que no servía ni para trabar una puerta, que lo había elegido de entre todos los tacos de lástima. El taco rompió en llanto. Soltó el acelerador y se guardó a sí mismo en la caja de herramientas. El Colectivero no le dio importancia. Frenó de golpe y bajó corriendo a abrazar al poste del semáforo como si fuera un amigo que hacía mucho tiempo no veía. “¡Daaaaaale!” se escuchaba en la calle, “¿Para qué me frenaste si no querés subir?” El Colectivero quería subirlo a como dé lugar. El semáforo no quería subir y resistió los empujones sin decir una sola palabra. El Colectivero, testarudo, siguió forcejeando y prometiendo cosas imposibles con tal de convencerlo. Pero aunque las promesas eran fantásticas, el semáforo seguía siendo semáforo y no un pasajero. El Colectivero se resignó. Puso el ojo de pez en su lugar, junto a la puerta trasera, y volvió a ver, que entre espejo y espejo, había nada. Silencio. Lejos, en la repetición de un reflejo, más de nada. Ni una mano levantada, ni un sonido de monedas. Silencio, y el reflejo infinito de la nada tras la frente pelada del Colectivero.

Cuarta vuelta: la vista hacia adelante, como un caballo de carreras, hacia adelante y solo adelante. No miró por ningún espejo. Hacia adelante. Con una velocidad constante, sin frenar, sin semáforos en rojo, sin brazos de pasajeros. Sin sonidos. Sin pensamientos. Se forzó a permanecer como un robot. Pero de un momento a otro las cejas le empezaron a temblar, los labios a moverse; la lengua apretó contra los dientes exigiendo libertad. El Colectivero gritó. Un grito de pulmón. Gritó hasta que su voz ocupó todos los asientos. Clavó los frenos. Dio la cabeza contra el volante. Saltó del asiento. Se quedó quieto. Saltó. Se quedó quieto. Se tiró al suelo. Se arrastró hasta el primer asiento. Se sentó. Saludó a nadie. Se insultó a sí mismo. Se pidió disculpas. Se las aceptó. Volvió a insultarse. Arrasó con todos los asientos a patadas. Corrió hacia la puerta delantera. Rompió los vidrios con las uñas de los pies. Saltó sobre el brazo neumático hasta quebrarlo. Abrió la puerta con las manos. Escupió el espejo retrovisor. Gritó hasta que le temblaron las piernas y cayó al suelo de rodillas.

Nada.

Observó el colectivo lleno de nada, de broncas, de deseos, de llantos, de cristales rotos, de gritos, de silencios, de todo… Lleno de todo eso. Lleno…

¿Lleno?

¡Lleno!  El Colectivero saltó de la emoción. Una sonrisa invadió su rostro. ¡Lleno! El Colectivo estaba lleno de nada.

 

Autor del relato: Matt Lo Cascio
Fotografía: Matthew Henry

Poetry/Poesía Oral: YO SOY YO

Soy la memoria de los que ya no están
el sonido del timbre antes del exceso de celular.
Soy el agua que separa nuestros cuerpos.
El espejo débil resquebrajado por el que dirán.
Soy la ausencia de FE, los milagros de una estatua.
Soy… una acumulación de esperas interminables.
Una contradicción (como lo es todo en este show)
Soy… algo que no puedo controlar… Yo…
Yo… Soy yo.

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Adrián Gastón Fares

Director de cine y Escritor argentino (nacido en Buenos Aires, Lanús) Copyright © 2006-2018

Elena Memba

En el final surgió el principio

El Sudaca Renegau

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